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Es un mecanismo de defensa que busca hacer las cosas más predecibles, brindarte seguridad, protegerte, evitar que catástrofes ocurran. Un manto de ilusión que intenta resguardarte de lo desconocido. Ya no es una elección consciente, es una forma en la que el cerebro aprendió a sobrevivir.
No todas las personas sienten la misma necesidad de tener el control, aunque si creciste en ambientes caóticos, con conflictos constantes, afecto impredecible o situaciones difíciles, muchas veces desarrollarás una estrategia para sentirte seguro, buscando constantemente anticiparte a todo. Tu sistema nervioso aprendió que bajar la guardia podía ser peligroso.
Con el tiempo, ese mecanismo que alguna vez fue una forma de protección puede convertirse en una carga. La persona permanece siempre atenta, pensando en todos los escenarios posibles y sintiendo que, si deja de controlar, algo malo va a ocurrir.
El cerebro no tolera bien la incertidumbre. Cuando ocurre algo inesperado, el cerebro detecta una diferencia entre lo que esperaba y lo que realmente ocurrió, esta diferencia activa el sistema de alerta del organismo. Se liberan hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol, aumenta la vigilancia y el cuerpo se prepara para responder.
Por eso muchas personas sienten que necesitan planificar todo, revisar varias veces una decisión o adelantarse a cualquier posible problema. Buscan el alivio de sentirse seguras.
Sin embargo, como el mundo y las personas suelen ser impredecibles, esa búsqueda nunca termina y vivir intentando eliminar toda incertidumbre genera un estado de ansiedad casi permanente.
La necesidad de control deja huellas, este agotamiento mental comienza a manifestarse en tu cuerpo, convirtiéndolo en rehén de la ansiedad, el estrés, dolores estomacales, tensiones musculares y tu cortisol por las nubes.
En las emociones, controlar demasiado hace que resulte difícil relajarse, disfrutar el presente o aceptar que algunas cosas simplemente no dependen de ti.
Puede costar delegar, confiar, aceptar que los demás piensan o actúan de manera diferente. Y, paradójicamente, cuanto más intentas controlar a quienes quieres, más se incrementa el abismo entre ustedes.
Existe una idea equivocada de que soltar el control es resignarse o dejar que todo ocurra sin hacer nada, soltar es la sabiduría de reconocer la diferencia entre lo que depende de ti y lo que no.
Puedes elegir tus acciones, palabras, decisiones y la forma en que respondes a las cosas que te ocurren. Pero no puedes controlar el comportamiento de otras personas, el pasado, el futuro ni todos los resultados. Aceptar esta realidad no te vuelve débil, te libera de una carga imposible de sostener.
¿Cómo empezar a soltar?
Pregúntate qué está realmente bajo tu responsabilidad. Muchas veces cargas con problemas que no te pertenecen. Hacerte responsables de lo propio y permitir que los demás hagan lo mismo alivia mucho más de lo que imaginamos.
Escucha a tu cuerpo. Cuando aparece la necesidad de controlar, observa cómo se manifiesta. Tal vez sientes tensión en el cuello, aprietas la mandíbula, respiras más rápido o el pecho se cierra. El cuerpo suele avisar antes que la mente.
Permítete sentir la incomodidad. La incertidumbre genera ansiedad, y eso es completamente humano. En lugar de luchar contra esa sensación, aprende a atravesarla, sin que dirija todas nuestras decisiones.
Vuelve al presente. Gran parte del control vive en escenarios imaginarios sobre lo que podría pasar. Recuperar la atención en el aquí y ahora ayuda a que el cerebro salga, aunque sea por un momento, de ese estado de alerta constante.
Quizás la mayor paradoja es que cuanto más intentas controlar la vida, menos te concentras en disfrutar y simplemente vivir. La espontaneidad desaparece. La curiosidad se reduce. El disfrute queda reemplazado por la preocupación.
Soltar el control no elimina la incertidumbre. La incertidumbre siempre existirá, aunque tu relación con ella cambiará. No hace falta tener todas las respuestas para sentirte seguro. Puedes adaptarte a los cambios, eres más capaz de lidiar con lo inesperado de lo que piensas.
La paz verdadera surge construyendo la confianza en tu capacidad para atravesar lo que la vida te depara, y si no puedes solo está bien, suelta el control y pide ayuda. Aunque no lo creas, no todo depende solo de ti y eso en verdad, es liberador.
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control ansiedad estrés soltar miedo a lo desconocido
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